Agustina.

Habíamos tendido unas cobijas cerca de la mesa porque te dije hasta llorar que no quería dormir lejos de tu cuarto. Esa mañana rara de vacaciones desperté al sollozo que supuse era de mi madre pero eras quien respondía entre dientes que eran las “veinte para las ocho, a ver si ya te vas apurando y te vas…”. Me dejó acostado tu voz quebrada y el arrastre de tus zapatillos y le subiste el volumen a la canción.

Encerrado y envuelto en el aroma del café, sujetado por el nudo en la garganta. Te sentaste como renunciando a todo y te fuiste. Te metiste en la voz de la radio y dejé escapar lágrimas contigo. Supe que a nuestra historia le faltaba mucho por terminar y me asusté porque me hacías tu cómplice al llevarme con aquella persona que pude ver mientras pasabas tu brazo por la frente y agarrabas aire para volver.

“Tus ojos ni siquiera voltearon hacia mi” fué la parte que llevó tu pecho hacia el suspiro y pensé que lo ibas a dejar ir pero parecías contenta de encontrar donde guardarlo y lo guardaste en esa canción. Me dolían garganta y pecho cuando tu aliviada y libre. Libre porque lo dejaste ir y sabías donde hallarlo, como si le hubieras perdonado y continuaste preparando el desayuno.

Permanecí reconociendo el olor a guardado de tus cobertores y almohadas. Si pudiera construir un fuerte contra cualquier peligro lo haría de tus sábanas y del aroma que me dabas cuando te abrazaba, de la humedad que se hacia en esa cocina e incluso lo haría del sonido de las noches en tu casa, de tus silbidos, de tu voz cuando me pedías un favor o cuando me regañabas. Del sonido de tu lavadora viejísima.

No supe qué hacer, si levantarme y asumir la responsabilidad de un secreto o quedarme acostado, aparentar no haber visto y seguir siendo el mocoso al que ibas a cuidar ese año. Sin embargo algo me decía que fué tu única manera de convertirme en un acompañante vespertino, de merienda, de pláticas de mecedora y caminatas a la panadería.

“No le digas nada, lávate las manos y siéntate a desayunar”. Me recibiste como tu amigo, confidente y yo temblando al no saber qué hacer en esos silencios cuando nos quedemos solos. Qué te voy a platicar? De quién te voy a hablar? Me dolió la cabeza. Estaba muy confundido pero feliz. Tiré el agua y la leche en la mesa y no dijiste nada, la tortilla que iba a voltear se quemó y no me regañaste. No me terminé la comida.

Me dolía todo, me sentí pesado. Originalmente me hubiera ido a jugar pero la mecedora parecía más cómoda. El se despidió de mí y no sentí nada y supe de donde venia esta antipatía, la había visto en tus ojos.

“Qué voy a hacer sin ella?” le dije a mi papá una semana antes de irte, le dije que tenia mucho miedo porque eras a donde corría y si te ibas era como estar en una ciudad sin cerros. Me siento expuesto, a punto de caerme, sin techo ni paredes. A veces te escucho, te veo tocando la puerta cansada de haber caminado o escucho tu silbido. Me despierta tu olor a guardado y el sonido de tus llaves y si, aquí andas, te tenia miedo. Te extraño, me haces mucha falta. Me pregunto aún a donde voltear cuando no puedo contener.

No se me olvidó Agustina, quería encontrarle al recuerdo más importante las palabras que te mereces.

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Geisha.

Geisha.

No habia terminado de despertar cuando la ví en el umbral de la puerta, le sonreí porque me pareció una presencia oportuna, cálida. Quize contarle todo, abrazarla, invitarla a sentarse. Me era imposible medir el tiempo porque mientras más me esforzaba más borrosa me parecia su imagen. Articulé palabras pero no se movió, permanecia sonriendo con un dejo de añoranza en su mirada. Nos dejé en silencio. Supuse que queria estar callada y observando. Le hacia señas con las manos y sonreia de nervios idiotamente como cuando ves una cámara de televisión frente a tí y no sabes qué carajos hacer. Asi me sentia con ella allí. Queria escuchar su voz, las palabras que esa mirada escondia. Que explotara mientras a mi se me hacia un nudo en la garganta.

Me paré, volteé a ver a Michael y seguia dormido. Al regresar la mirada hacia la puerta ella estaba frente a mí nariz con nariz y la reconocí. Le dije algo que no reconozco aun porque todo sonaba a sollozos nerviosos. Al fin sabia quién era y sentí una lástima tremenda por mí.

“Estoy jodido”.- pensé. La odio, la odio y no se lo he dicho, no lo sabe y sé que eso no lo siente. Lo unico que percibe es que soy vulnerable frente a ella porque reconoce cuando mis hombros renuncian, cuando mi postura se vence, cuando volteo a ver como estando perdido y no sabes a dónde o con quién. Su mirada parecia darme una orden y yo, claro, esperando a que lo pidiera.

“Cuando vas a aprender, Francisco?” mientras sus manos subian por mis brazos, mis hombros. Empezé a sudar frio y creo que se dió cuenta. Sentí en el estómago la yema de sus dedos. Cerré los ojos y de la nada narré: “Me hace cosquillas y entre más cosquillas más me rasca y entre más me rasca mas envuelve en su puño y aprieta los riñones, los pulmones. Me tiene, me dejo porque mientras lo hace me da esa pinche sonrisa. Tritura todo”.

“Quién trituraba todo?”.-me reclamó al dia siguiente.

En blanco y negro.

La……ultima noche el plan de salir se habia quedado en: “yo te hablo al rato y lo planeamos…” pero no lo planeamos en si. No le marqué, no me marcó y me quedé en casa a ver una pelicula francesa.

Hay un momento en las noches (necesito empezar a medirlo) en donde la ventana parece hacer más ruido que lo que veo. Voltéo y recuerdo las lluvias de los huracanes anteriores o mi urgencia por cerrar para que el calor se quede afuera. Veo a mi abuela en su ultima noche con nosotros voltear y pedir que “por favor, ya la recojan”. Me veo jugando futból el dia que me enteré que un tal Kurt Cobain se habia suicidado provocando que mi prima favorita llorara. Todo recuerdo que tengo en esta casa carece de color: mi madre llamandonos para cenar y tener que compartir la mesa con mis primos, el chiflido de mi papá desde la esquina esos fines de semana con él e interrumpir mi avasalladora paliza jugando canicas, mis lloriqueos en la cocina porque no me dejaron ir a la alberca, mis celos por Eloy recien nacido cuando todas (malditas) mis tias y primas lo adoraban.

Los créditos mencionaban a los responsables de la música cuando volví a poner atención. Michael volteó a verme como diciendo: “Ya vente a dormir, ya son las cuatro de la mañana, qué te pasa?”. No me interesa que haya articulos, notas, blogs o lo que sea advirtiendo que cuando le pones voz a tu gato tienes problemas, en verdad no me interesa. Michael y yo no creemos esas cosas, ya lo hemos platicado y asi estamos bien, gracias.

Acostado, cobijado quize escuchar.

Escuchar por si acaso salia una voz amigable de la pared, de las puertas. Esperar a que se escape una voz de los tantos ecos que debe guardar esta construcción. Ponia atención al sonido del refrigerador hasta que este dejó de hacer ese ruido que inunda la casa. Sentia mis oidos como cuando regresas de un concierto y escuchas el sonidito ese que no recuerdo cómo se llama. No me gusta como me siento en esta casa, no tiene un sonido particular, no tiene un color, una vibra, un sabor. Esta casa está perdida, se quedó. Así nada más, se quedó. No avanza con el tiempo, no avanza con el acomodo de los muebles, no avanza con las personas que la habitan, no cambia con las visitas.

Parece estar absorbiendo las crisis de los 25, de los 30 que mis tios, mis papás vivieron aquí. Todo se guarda, es envidiosa, es vengativa; apenas una muestra de estabilidad y te descompone la regadera, el boiler, la base de la cama, el tragaluz, los enchufes, los focos te los truena. El refrigerador sufre de su exagerado congelamiento, el piso lo ensucia pero no es esa suciedad de la calle, de grasa, son las palabras que se han dicho quiero creer. Las peleas, los revolcones de la gente besandose por venganza, por despecho, por calentura pero no calentura en amor, calentura por que si, calentura de odio, de cuando te hierve la sangre, calentura de enfermedad, de maldiciones que aun flotan y que han rebotado en sus receptores. Calentura de resentimiento.

Esta casa creo que me odia, no me quiere aquí y yo no la quiero a ella pero no tenemos a dónde ir. Tiene que aguantarme y aguantarla yo a ella. Me mueve las sillas, me quiebra tazas, las cucharas me las pierde, me esconde las llaves, me arruina la bateria de mi computadora, le dijo a alguien que me robara las mecedoras, estoy bien seguro. Intento limpiarla, hablarle con cariño, le pinto las paredes, le arreglo los tragaluces pero todo me lo escupe, me lo reprocha. La puerta de la sala a la cocina me la tumbó, la conexión de gas tiene fuga, algo quiere decirme.

No quiero que me absorba, no quiero que me recuerden en blanco y negro.

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No, nada.

No, nada.

Estaba esperando a como si de la nada
apareciera sorprendida,
angustiada y abandodada en esa puerta enmarcada
por la iluminada transición de nuestra vida olvidada.

En un pestañeo de su cara maquillada
dejó de verme de repente y de la nada,
no quedó para mi resultado de nuestra andada.

No, no quedó resultado de nuestra andada.